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Cerebro entérico
Reportaje
de la revista "Cuerpo y Mente", del 17 de Marzo 2005.
EL CEREBRO INTESTINAL
La
sospecha popular de que los hombres piensan con dos cabezas puede ser
menos irónica de lo que se piensa. Un cerebro, el más conocido, se
encuentra en la cabeza, y el otro no donde se suele sospechar sino en el
sistema digestivo. Este último se encuentra literalmente forrado de
células nerviosas y contiene los mismos neurotransmisores que utilizan las
neuronas para comunicarse entre sí. Los últimos hallazgos muestran que los
dos cerebros funcionan de manera autónoma aunque se coordinan cuando es
necesario.
Muchas molestias intestinales podrían explicarse por el incorrecto
funcionamiento del «cerebro intestinal» o por interferencias en la mala
comunicación con el cerebro superior.
El
cerebro digestivo, conocido como sistema nervioso entérico, está
localizado
en
capas de tejido que forran el esófago, el estómago, el intestino delgado y
el colon. Es una entidad anatómica única, compuesta por redes de células
nerviosas, sustancias neurotransmisoras y proteínas, que actúan como
mensajeras entre neuronas, capaces de aprender, de influir sobre el estado
de ánimo y sobre la salud. «El cerebro intestinal desempeña un papel
importante en la felicidad y miseria humanas, aunque poca gente sepa que
lo tiene», dice Michael Gershon, autor del libro “El segundo cerebro” y
profesor de anatomía y biología celular del Centro Médico Presbiteriano
Columbia en Nueva York (Estados Unidos).
Control de la digestión Y la inmunidad
Describir las misiones del cerebro intestinal puede ser tan complicado
como intentarlo con las del cerebro ubicado en el cráneo. Hasta el momento
están claras dos fundamentales. La primera es dirigir el proceso de
digestión. La segunda, colaborar con el sistema inmunitario en la defensa
frente a sustancias y microorganismos hostiles. Dos funciones tan vitales
como las intelectuales, desempeñadas por el cerebro superior.
Hasta hace relativamente poco se creía que el cerebro controlaba
directamente los
nervios y músculos intestinales a través del nervio vago. Según esta
teoría, el intestino era simplemente un tubo que obedecía órdenes. El
problema era que nadie había contado el número de células nerviosas
presentes en el intestino.
Cuando se ha hecho, se ha descubierto que el intestino contiene más de
cien mil millones de neuronas, casi tantas como el cerebro ya conocido.
La
red nerviosa intestinal está dirigida por un pequeño número de «neuronas
comandantes» que reciben órdenes básicas del cerebro y las redirigen a los
millones de neuronas que se extienden a través de las dos redes nerviosas
propias del intestino: el plexo mientérico y el plexo submucosal. Los
tejidos nerviosos de los plexos también contienen células glía que nutren
las neuronas. Las
células glía están implicadas en la respuesta inmunitaria y sirven de
barrera frente a sustancias nocivas que pudieran dañar las neuronas
intestinales.
La
actividad inmunitaria del intestino resulta tan significativa que se le
puede considerar el mayor órgano del sistema de defensas. Alberga más
células
inmunitarias que todo el resto del cuerpo y las neuronas entéricas están
en
permanente comunicación con ellas. Entre las funciones inmunitarias del
cerebro intestinal cabe señalar el mantenimiento de condiciones óptimas
para el desarrollo de la flora bacteriana beneficiosa y la detección y
expulsión
inmediata de los microorganismos que pudieran resultar perjudiciales.
Las
«neuronas comandantes» controlan la actividad del intestino. Poseen
sensores para el azúcar, las proteínas, la acidez y otros agentes químicos
que indican la progresión de la digestión. A partir de esta información,
el cerebro intestinal decide las sustancias que debe secretar para
optimizar la asimilación de nutrientes y el ritmo con que los contenidos
intestinales deben ser empujados.
En
definitiva, el intestino toma decisiones y utiliza en su funcionamiento
circuitos complejos como sólo se encuentran en el cerebro.
Salud y enfermedad
Los
detalles sobre cómo el sistema nervioso entérico está vinculado con el
sistema nervioso central han sido descubiertos en los últimos años y están
formando un nuevo campo de la medicina llamado neurogastroenterología.
Durante
años, a las personas que tenían úlceras o dolor abdominal crónico se les
ha
dicho que sus problemas eran imaginarios o emocionales. Hasta se les podía
dirigir al psiquiatra o al psicólogo para que recibieran tratamiento. Los
médicos acertaban al relacionar estos problemas con el cerebro, pero
culpaban al equivocado. Todo indica que la mayoría de desórdenes
gastrointestinales, como el síndrome de colon irritable, dolencia que
afecta al 10-15% de los españoles, se originan en el cerebro intestinal o
lo implican de manera fundamental.
Las
razones por las que el sistema nervioso entérico se trastorna aún no son bien
conocidas, pero las emociones pueden desempeñar un papel fundamental, de
la misma forma que influyen sobre el sistema nervioso central.
Casi
todos los pacientes con síndrome de colon irritable se quejan de problemas
mentales y emocionales, como ansiedad, fatiga, agresividad, depresión o
alteraciones del sueño. Una teoría sostiene que durante la infancia los
afectados -sus cerebros digestivos- aprendieron a desarrollar molestias
para hacer frente a situaciones de estrés. Digamos que provocaban un
cambio de escenario: la preocupación por el síntoma físico dejaba en
segundo plano cualquier otra. Así resulta que las molestias intestinales
pueden revelar una dificultad para afrontar las dificultades que presenta
que la vida. Es
cierto que los síntomas de ambos cerebros se confunden. No es extraño,
porque casi todas las sustancias que controlan y hacen funciona r el
cerebro se
producen en el intestino. Neurotransmisores principales como la serotonina,
la
dopamina, el glutamato, la noradrenalina y el óxido nítrico bañan las
células
nerviosas del intestino igual que lo hacen en el cerebro, aunque pueden
tener
funciones diferentes. Por ejemplo, la serotonina, que en el cerebro está
relacionada con la sensación de calma y bienestar, en el intestino, donde
se
encuentra el 95% del total corporal, se encarga de desencadenar los
movimientos peristálticos. Dos
docenas de proteínas cerebrales muy simples, llamadas neuropéptidos, que son
utilizadas por las neuronas para comunicarse entre ellas y con las células
inmunitarias, se encuentran también en el intestino. Las encefalinas,
opiáceos
cerebrales naturales, no faltan. Y un hallazgo que ha dejado atónitos a
los
investigadoes es que el intestino es una abundante fuente de
benzodiazepinas, la familia de agentes químicos psicoactivos incluidos en
medicamentos tan populares -son adictivos- como el Valium y el Xanax.
Dos
cerebros vinculados
A
medida que se conocen más detalles sobre las relaciones entre los dos
cerebros, se entienden mejor algunos síntomas muy frecuentes. Por ejemplo,
las «mariposas en el estómago» son consecuencia de la estimulación de las
células nerviosas intestinales al liberarse cantidades extraordinarias de
hormonas del estrés por orden del cerebro cuando se enfrenta a una
situación difícil (amenazas físicas auténticas o imaginarias). Una diarrea
puede ser resultado del miedo, que multiplica los estímulos sobre los
circuitos productores de serotonina, neurotransmisor que desencadena la
motilidad intestinal. Los dolores abdominales y las irregularidades
intestinales son normales durantes los periodos de tensión emocional.
El
diálogo entre cerebros explica también muchos efectos secundarios de
ciertos medicamentos. Los que ejercen efectos psíquicos también suelen
tenerlos sobre el intestino. Los psicofármacos que provocan cambios en los
niveles de serotonina cerebral afectan la producción del neurotransmisor
en el intestino y pueden provocar náuseas, diarrea o estreñimiento. La
cuarta parte de las personas que toman Prozac o antidepresivos similares
sufren este tipo de problemas gastrointestinales. Tanto es así que el
Prozac se utiliza en pequeñas dosis para tratar el estreñimiento crónico o
el síndrome de colon irritable. Si se aumenta la dosis, el intestino se
paraliza.
Drogas como la morfina y la heroína actúan tanto sobre los receptores
opiáceos
que
se hallan en el cerebro como en los que se encuentran en el intestino.
Ambos sistemas pueden hacerse adictos. Otra prueba del estrecho vínculo
que existe entre los dos sistemas nerviosos es que los enfermos de
Alzheimer y de Parkinson sufren de estreñimiento: sus neuronas
intestinales están tan enfermas como las cerebrales.
Cabe
preguntarse si es posible modificar el volumen de neurotransmisores
intestina les a través de la alimentación. La respuesta es sí. Los
alimentos ricos en hidratos de carbono favorecen la producción de
serotonina y los proteicos, la de dopamina y noradrenalina. En
el caso del síndrome de colon irritable, la práctica naturista recomienda
aumentar la ingesta de hidratos de carbono complejos (cereales integrales,
frutas y legumbres) y de fibra hidrosoluble (frutas, verduras, avena y
legumbres). El trigo no está recomendado porque es alergénico y entre los
afectados por el síndrome hay una incidencia mayor de alergias e
intolerancias a los alimentos. Otra
estrategia para resolver molestias intestinales es lógicamente reducir el
estrés, ya sea mediante técnicas de relajación, psicoterapia o ejercicio
físico.
Muchas personas han descubierto que dar paseos todos los días reduce
considerablemente sus síntomas.
El
poder del centro del cuerpo
La
comunicación entre los sistemas nerviosos central y entérico es como una
autopista de dos direcciones, pero hay diez veces más tráfico hacia arriba
que hacia abajo.
Además, el sistema nervioso entérico es la única parte del cuerpo que
puede
rechazar o ignorar un mensaje que llega desde la cabeza. Es decir, el
cerebro
digestivo toma continuamente decisiones para el buen funcionamiento del
sistema digestivo. Sin embargo, la mayoría de sensaciones que llegan a la
conciencia son negativas, ya sea dolor o hinchazón. No se espera que
llegue nada bueno de los intestinos, pero esto no significa que no hagan
un buen trabajo y que no envíen señales positivas al resto del cuerpo.
¿Por
qué hay benzodiazepinas en el intestino? Seguramente porque pueden aliviar
los estados de ansiedad, de manera que en el intestino hay un auténtico
laboratorio farmacéutico donde se producen, entre otros, medicamentos
naturales contra el estrés, según Anthony Basile, neuroquímico en el
Laboratorio de Neurociencia del Instituto Nacional de la Salud en Bethesd
a (Estados Unidos).
Las
importantes funciones del sistema nervioso entérico se están descubriendo, pero
su prestigio, dentro de la medicina convencional, todavía no está a la
altura de los «órganos nobles». En cambio, para las medicinas orientales,
el
vientre es nada menos que el centro vital del organismo y lo es en el
sentido más
profundo. El dan tien de la medicina tradicional china y el hara de las
artes marciales japonesas no aluden a los intestinos o cualquier otro
órgano
concreto, sino a un punto situado un par de dedos por debajo del ombligo,
en el centro de gravedad del cuerpo. Allí reside el océano del chi, la
energía vital.
Es
el centro de control del organismo, donde se integran mente y cuerpo y
ambos se funden con el universo. Para mantener la salud, el objetivo es
conectar –a través de la meditación y de disciplinas psicofísicas como el
taichi o el chikung- con ese centro. Los resultados son una integración
óptima de todos los sistemas corporales y, sobre todo, un estado general
de serenidad, de calma profunda. ¿Tendrá esta calma algo que ver con el
equilibrio del sistema nervioso entérico? Sería casualidad que no lo
tuviera. En palabras de K.G. Dürckheim, maestro de filosofía zen y de
artes marciales, «el cuidado del hara ejerce una virtud curativa con
respecto al nerviosismo, bajo cualquier forma que se presente».
Terapias naturistas
Para
la medicina naturista occidental, el sistema digestivo y los intestinos en
especial desempeñan un papel crucial en el mantenimiento de la salud. Si
la enfermedad es consecuencia del desequilibrio y éste puede ser efecto de
una sobrecarga de elementos tóxicos, la terapia más recomendable en muchas
ocasiones es la higiene intestinal. Así, los ayunos y enemas provocarían,
en términos informáticos, un «reset» de los órganos gobernados por el
sistema nervioso entérico que les permitiría reiniciar un funcionamiento
correcto después de un tiempo de descanso y de eliminar elementos
extraños. La limpieza intestinal sería para el cerebro del bajo vientre
algo así como una cura de sueño para el sistema nervioso central.
Tanto los recientes hallazgos sobre el sistema nervioso entérico como los
antiguos conocimientos sobre el hara sugieren la conveniencia de hacer
menos caso al parloteo de la mente y prestar en cambio más atención a los
síntomas y sensaciones procedentes del estómago y de los intestinos. Así
podrían descubrirse emociones conflictivas que conviene resolver o evitar
el desarrollo de muchas dolencias en sus primeras etapas. En cierta manera
el ser humano adulto debiera recuperar la sabiduría del bebé, para quien
las sensaciones que proceden de la barriga están por encima de casi todas
las demás y puede llorar desesperadamente cuando le azuza el hambre o
acariciarse la barriga cuando le llegan sensaciones satisfactorias.
RECUADROS:
DOS
CEREBROS, POR LÓGICA
En
la historia de la vida, el sistema a nervioso entérico, el «cerebro
digestivo», fue el primero en nacer. Apareció en animales que eran un mero
tubo digestivo. Estaban pegados a las rocas y esperaban a que la comida
pasara por allí. A medida que la vida evolucionó, los animales necesitaron
sistemas nerviosos más complejos para encontrar alimento y para
reproducirse, de manera que se desarrolló un sistema nervioso central.
Pero el control del intestino era demasiado importante como para confiarlo
únicamente a la cabeza, según David Wingate, profesor de gastroenterología
de la Universidad de Londres. La naturaleza prefirió preservar el sistema
nervioso entérico como un circuito independiente que en los animales más
complejos está escasamente conectado con el sistema nervioso central y
puede funcionar prácticamente de manera autónoma, sin instrucciones del
«cerebro superior».
De
alguna manera, lo que ha ocurrido a lo largo de la evolución es lo que
mismo que sucede en cada individuo desde su concepción hasta su pleno
desarrollo.
La
cresta neural se forma muy pronto en la etapa de desarrollo embrionario.
Con el paso de las semanas, una parte llega a ser el sistema nervioso
central y otra migra hasta convertirse en el sistema nervioso entérico.
Sólo más tarde se conectarán los dos sistemas nerviosos mediante el
llamado nervio vago.
DOS
SISTEMAS IGUAL DE SORPRENDENTES
Las
similitudes entre los dos cerebros son asombrosas. ¿No evoca la imagen de
las circunvalaciones cerebrales al laberinto intestinal? Pero los
parecidos van más allá de la estética.
*
Ambos actúan de la misma manera cuando son privados de «entradas» desde el
mundo exterior. Durante el sueño, el cerebro produce ciclos de 90 minutos
dominados por las ondas lentas y puntuados por los periodos REM (Rapid
Eyes Movements). También durante la noche, cuando no tiene alimento, el
intestino presenta ciclos de 90 minutos de movimientos musculares lentos,
puntuados por periodos de movimientos rápidos. Las personas con problemas
intestinales también tienen un sueño REM anormal.
* El
cerebro se caracteriza por su capacidad para aprender. El colon también
puede hacerlo pues se le puede entrenar: si cada día se practica un enema
a las 10 de la mañana durante una temporada, es muy probable que a la
misma hora se produzca un movimiento intestinal importante ya sin la
necesidad de enema. En el tratamiento del síndrome de colon irritable
resulta eficaz respetar un horario de visitas al retrete y en general
conviene que las comidas se tomen cada día a las mismas horas.
* La
importancia de las funciones de los dos cerebros se traduce en una
complejidad enorme y equiparable. Las cifras no la describen, pero son
significativas. En el intestino hay más neuronas que en la médula espinal:
unos 100 millones. El intestino delgado tiene entre 8 y 9 m de longitud y
una superficie interior de más de 150 m2 aproximadamente. En cada cm2 hay
alrededor de 3.000 vellosidades -encargadas de absorber nutrientes- que en
conjunto segregan cada día unos dos litros de jugos necesarios para la
digestión.
PSICOSOMÁTICA DE LOS INTESTINOS
El
intestino delgado separa lo bueno de lo malo y en él se absorben las
sustancias nutritivas. Esto supone un proceso de integración física y
seguramente también de sentimientos, pensamientos y experiencias. Los
síntomas intestinales pueden reflejar la personalidad y los conflictos
psíquicos.
* La
inseguridad, el miedo y otros factores similares producen retención y los
consiguientes estreñimientos, úlceras intestinales o colon espástico. En
el intestino, donde se conectan las realidades interna y externa, se
pueden retener aspectos de la propia personalidad que da miedo liberar. La
obsesión por controlar impide la espontaneidad. Los cambios y los viajes,
por la sensación de desprotección que conllevan, pueden ir acompañados de
molestias intestinales.
*
Apreciar los mensajes del vientre ayuda a conectar con el cuerpo, con la
tierra (si el ser humano fuera una planta los intestinos serían sus
raíces), con lo primigenio y lo intuitivo. La persona que no teme estos
aspectos de la vida suele ser valiente, cree en sus posibilidades y confía
en los demás.
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